lunes, 17 de enero de 2011

25° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (Parte 2)


Segunda parte de la cobertura especial del XXV Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Lea la primera versión aquí. Exclusivo del blog de Godard!

Por Fabián Sancho

El festival “A” por excelencia de la República Argentina trata de volver a tener su identidad. La búsqueda parece estar funcionando positivamente pues al menos comparada con la edición anterior, ésta mostró puntos muy interesantes y una selección pulida y heterogénea. En competencia pudo verse la fantástica animación de Chomet, El Ilusionista, Aballay, el Hombre sin Miedo de Fernando Spiner (un sólido “western” con gauchos), y de la sección Panorama, Outrage, el regreso de Takeshi Kitano al género yakuza. El ganador fue más que justificado: el polaco Jerzy Skolimowski por la soberbia Essential Killing. Lo mejor del festival fue que el espectador volvió a sentirse “acosado por las películas” (“si ahora veo esta, me pierdo esta… ¡ay!”), un sentimiento que se había perdido. Hubo lugar para rescates como Las Tierras Blancas de Hugo del Carril y retrospectivas de Pierre Etaix, Marco Ferreri, John Hughes… bastante variopinta. Bienvenido festival, nos encontraremos en la XXVI Edición.


Aballay, el Hombre sin Miedo (2010) de Fernando Spiner
Es una lástima que el género “de Gauchos” que hubiese sido un territorio a explorar a la altura del western norteamericano e inclusive a la del western mexicano no haya tenido una continuidad en Argentina (recordar algunos ejemplos como Bairoletto, la Aventura de un Rebelde -1985- de Atilio Polverini o las diversas versiones de Juan Moreira desde la de Mario Gallo -1913-, pasando por la de Nelo Cosimi de 1936, hasta la magistral e insuperable de Leonardo Favio -1973-).

Material hubo y hay, como lo demuestra esta obra de Fernando Spiner basada en un cuento de Antonio di Benedetto (autor mendocino que lo escribió clandestinamente desde la cárcel en los tiempos de la dictadura) y con guión de Javier Diment, Santiago Hadida y el propio Spiner. Aballay (Pablo Cedrón) es jefe de una partida de gauchos renegados (el gaucho malo tipificado por Domingo F. Sarmiento en Facundo) que se dedican al pillaje.

Las primeras imágenes nos muestran el ataque que ellos perpetran contra una diligencia (imagen ya icónica del western) en la que viaja un pasajero padre de un niño llamado Julián. El niño, oculto bajo un asiento, es testigo del asesinato de su padre. Aballay descubre al niño pero, por alguna razón, no lo mata. El Muerto, segundo de Aballay (impecable villano compuesto por Claudio Rissi), traiciona a su jefe y lo deja estaqueado para que muera por inanición (tema de la traición, emblemático a los westerns europeos y de los guionados por Borden Chase). Unos sacerdotes, los hermanos "estilitas", liderados por un prelado español (Gabriel Goity), le explican el camino de la santidad por vía de la penitencia y Aballay decide no bajarse nunca más del caballo, salvo por cuestiones "especiales". Tras diez años, Julián ya es un hombre (Nazareno Casero) y busca a los responsables de la muerte de su padre (la venganza, otro tópico del género).

Es porteño y eso lo transforma en un intruso en ese mundo de gauchos malos y mal entretenidos. En su odisea conoce a Juana (Moro Anghileri), que ha sido vendida como esposa al Muerto y, para colmo, ambos comienzan a enamorarse. El Muerto es ahora el más terrible bandido de Tucumán y Aballay se ha convertido en un ser santificado, cuya estatuilla se vende como imagen religiosa y se lo invoca en los rezos del pueblo.

Con un sentido del ritmo clásico, tiempos que recuerdan a Hathaway y Mann más que a Leone o Corbucci, Fernando Spiner capta el espíritu del western norteamericano y lo traduce al latinoamericanismo (tema de la santificación de personajes populares, la representación indígena, un estupendo personaje chamánico compuesto por un sorprendente Horacio Fontova, entre otros subtemas) sin perder coherencia ni credibilidad. El camino de la venganza se encuentra con el camino de la redención, las escenas violentas están perfectamente resueltas, sin excesos, en algunos casos hasta de una forma seca para culminar en un duelo inolvidable con bastante sangre, para demostrar que el crescendo se dio en todo sentido.

Como ocurre en los westerns tradicionales, el paisaje es parte de la historia, y en este caso lo es el de la Provincia de Tucumán, con esos hombres que parecen hijos de la tierra, La Malaria,el pueblo que controla “El Muerto” es una locación tan agresiva y hostil como el villano en cuestión. Fernando Spiner, realizador que ha introducido el porteñismo en la ciencia ficción (La Sonámbula o la hilarante Adiós Querida Luna), sabe perfectamente apropiarse de un género y “generar” algo personal, disfrutable y recomendable, por donde se lo mire.


Outrage (2010) de Takeshi Kitano
Kitano regresa al género Yakuza, un tipo de cine al que le encontró una vuelta de tuerca muy personal y demostró la existencia de un “autor” en este realizador. Más allá de que gusten o no las teorías de auteur, lo cierto es que un genio creativo crea reglas sin darse cuenta que las está creando (Immanuel Kant dixit) y eso hacía este director con Sonatina o Boiling Point.

Para su retorno, Kitano explora el tema de la muerte de los códigos -los códigos Yakuza-, que alguna vez fueron como los de los Samurai y ya no tienen cabida en este mundo traicionero e hiperviolento. Otomo, el personaje que el mismo realizador interpreta parece ser uno de los pocos que los conserva, y eso lo llevará a transitar un camino repleto de ajustes de cuentas hasta sus últimas consecuencias. Otomo, ofrece sus servicios para diversas jerarquías mafiosas, cada una de las cuales quiere eliminar a la otra. Y ahí encontramos el camino del héroe. Esta vez el camino es una serie de asesinatos (más de doce personajes son ejecutados de las más diversas formas).

El tratamiento de la violencia por parte de Kitano es lo más llamativo. Al personaje Otomo no se le mueve un pelo a la hora de actuar (como ocurría en Flores de Fuego), simplemente es su deber y lo cumple (códigos). El tema del cortarse el dedo meñique tanto como pedido de disculpas como demostración de lealtad, conocido en occidente por la película Yakuza de Sydney Pollack de 1975, aparece aquí pero como algo del pasado: ya no sirve de nada cortarse el dedo.

Los diálogos son escuetos pero derraman una agresividad incontenible. Takeshi Kitano nos ha regalado un filme de yakuzas crepuscular. Nos muestra un mundo en el que ya no hay códigos y el poder se consigue a costa de la traición y el soborno. La soledad del héroe ante un entorno que lo ha dejado fuera es visible y palpable, con el cenit en la escena de su asesinato, en prisión, un ambiente “supuestamente” más controlado que el exterior.

Las Tierras Blancas (1959) de Hugo del Carril
Hugo del Carril, cantante de tangos, actor y, posteriormente, uno de los realizadores más importantes del cine argentino, emprende un interesante desafío: rodar un filme de testimonio social ateniéndose a las agobiantes limitaciones políticas del momento.

Recordemos que Hugo del Carril, peronista de la primera hora, había grabado la famosa “Marcha Peronista” o mejor dicho la marcha “Los muchachos peronistas”. Para ello, un poco de historia: el 16 de septiembre de 1955 se produce la sublevación autodenominada “Revolución Libertadora”, movimiento revolucionario encabezado por el general Eduardo Lonardi, que derrocó al gobierno constitucional del general Juan Domingo Perón. El 13 de noviembre de 1955, Lonardi sería reemplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu. En 1958 Arturo Frondizi, presidente constitucional asume el poder pero estuvo muy restringido por la presión del poder militar que le llegó a imponer los ministros de Economía liberales Álvaro Alsogaray y Roberto Alemann. No podía mencionarse a Perón ni al Peronismo. También comenzaban a ablandarse las listas negras de quienes habían apoyado esa ideología como Hugo del Carril.

Es en este contexto que el realizador arma su película. La trama está ambientada en el riñón de la provincia de Santiago del Estero, una zona denominada "Tierras Blancas" por la imposibilidad, debido a la aridez del suelo y la sequedad del clima, de sembrar. Los habitantes sobreviven con algo de pesca, alguna changa eventual y el contrabando. En este ambiente (en el que se puede ver un antecedente directo de Vidas Secas de Nelson Pereira dos Santos -1963-) aparece el "Partido de la Tradición Nacional" que ofrece "Paz, Prosperidad y Trabajo". El protagonista es un paisano (Ricardo Trigo) que, con su esposa e hijo (Amanda Silva y el entonces niño Carlitos Olivieri), ocupa un ranchito abandonado y, para mantener a los suyos, debe prestarse a hacer "changas" para Soriano, un contrabandista de cuidado. Un buen día llega El Natalio (Hugo del Carril), el propietario del ranchito, que ha purgado dos años en prisión luego de ser inculpado por el puntero político Artaza.

Temas manejados por del Carril como la utilización de los peones por parte de políticos inescrupulosos, la injusticia reinante que aparece sin salida, recuerdan a su filme de 1952 Las Aguas Bajan Turbias. La mirada positiva del mundo de los niños (Carlitos Olivieri y Mónica Cristina Ramos) ante el desangelado mundo adulto (el niño que establece una relación paternal con El Natalio). La esposa de Natalio, Angelina (Nora Palmer), ha tenido que prostituirse para mantener a su bebé, es el melodrama por excelencia.

Para Las Tierras Blancas, Hugo del Carril se basó en una novela de Juan José Manauta de 1956 y el guión fue escrito por Eduardo Borrás. Manauta fue militante en la federación juvenil comunista, primero, y después en el Partido Comunista, lo que le impidió ejercer su profesión como docente de letras desde su graduación en 1942. Se dedicó a la escritura por la imposibilidad de ser docente, por su afán de comunicador y por no formar parte de una familia adinerada que sustente sus gastos. Nació en Gualeguay (Entre Ríos), pero, una vez graduado en la Universidad de La Plata, no pudo volver a su provincia por su militancia en el comunismo. Sin embargo, Entre Ríos es la tierra sobre la que Manauta vuelve y, en este sentido, vuelve para denunciar las condiciones de vida de su gente.

La condición comunista de Manauta chocó contra la condición peronista de Del Carril y eso lo llevó a desdeñar el filme ya acabado (a pesar de la aparición de él como un maestro de escuela). No por eso debemos negar la importancia y la validez de esta película, una que se consideraba perdida y que ahora pudo verse en este XXV Festival de Cine de Mar del Plata. La impecable fotografía en blanco y negro ofrece un meticuloso trabajo de cámara gracias a Américo Hoss, la escenografía de Gori Muñoz, la obra de Manauta y la adaptación de Borrás más un increíble trabajo actoral. Todo ello, sostenido por el demiurgo Hugo del Carril, hacen de Las Tierras Blancas una obra a ver y rever, sin dudas. Es un placer poder disfrutar de un dream team cinematográfico de esta categoría.

Le Grand Amour (Ese Loco, Loco Deseo de Amar, 1969) de Pierre Etaix
No es una coincidencia, o por lo menos no lo parece, el hecho de que en esta edición del XXV Festival conviva El Ilusionista de Sylvain Chomet (L’Illusionniste, 2010) en competencia, junto a una retrospectiva de Pierre Etaix. Este último recoge el legado del multicultural Jaques Tati y un guión original del creador del Sr. Hulot sirvió como base para la exquisita película animada de Chomet.

Etaix parece en esta ocasión una mixtura entre Jaques Tati, Robert Bresson y Alain Resnais. Le Grand Amour comienza con una secuencia extraña, inusual dentro de una iglesia en la que el registro cambia constantemente, una especie de nouvelle vague en la comedia: secuencias imaginarias se entremezclan con flashbacks de una realidad “alterna”, flashforwards, flashbacks de lo que creemos la realidad del momento suspendido en el celuloide, etc. Tras un matrimonio de diez años el personaje de Pierre está hastiado, harto de su esposa Florence (Annie Fratellini- nieta de Paul Fratellini, uno de los payasos europeos más conocidos). Conoce, en esta etapa (¿la comezón del décimo año?), en su empleo a Agnès (Nicolle Calfan), una señorita que es su nueva secretaria. Las relaciones con su esposa se tornan más hostiles e intolerantes y esto se extiende a su suegro (dueño de una curtiembre que ahora maneja el propio Pierre) y, especialmente, a su insoportable suegra.

Con este material que no canta precisamente una loa a una familia ideal e irreal (una situación que en realidad nunca existió), Etaix crea una comedia de rápida evolución, giros imprevistos y gags inolvidables, por ejemplo, lo que sucede cuando Pierre conoce a la familia de Florence (flashback), la secuencia onírica de las camas rodantes (graciosa e inesperada), el momento de la confesión amorosa a Agnes, etc. Los diálogos son mordaces sobre todo en los consejos del amigo de Pierre para seducir a la secretaria o para abandonar a la esposa. El guión fue escrito por Etaix junto a Jean Claude Carriere y eso se palpa en cada tramo del metraje. Buena oportunidad para no dejar escapar la obra del autor de El Suspirante.

Robert Mitchum est Mort (Robert Mitchum Está Muerto, 2010) de Olivier Babinet y Fred Kihn
Un joven con labio leporino y aspecto licantrópico, Franky (Pablo Nicomedes), demuestra a cada momento ser un actor inepto. Todo lo que diga o haga para mostrar sus dotes histriónicas lo confirmarán como un negado al arte de la interpretación. Obsesionado con el cine negro, reinterpreta lo que han hecho otros actores como Richard Widmark en la clásica El Beso de la Muerte de Henry Hathaway, de 1947. Es en esos momentos que deja fluir todo su caudal interpretativo y siente realmente el papel. Robert Mitchum es solo una referencia en el título que alude quizás a la imagen de este actor como ícono del cine negro (quizás el mejor Philip Marlon de la pantalla en la inolvidable Adiós Muñeca del ahora olvidado Dick Richards).

Aparece un tal Arsene Meyer (que hasta tiene apellido de magnate de Hollywood) interpretado por el actor Olivier Gourmet (conocido como el inspector Philibert en la serie de TV “Maigret”), interesado en que Franky (quizás su nombre sea en relación con el monstruo de Frankenstein) triunfe de una buena vez como actor. Con ese propósito comienza un viaje junto al protagonista hacia el exótico Festival de Cine del Círculo Polar donde debe encontrar al productor Sarrineff que puede significar el camino a la fama. A partir de este momento comienza una road movie por la que transitan personajes de lo más variopintos, un texano fanático del rockabilly (aunque más psychobilly), André Wilms, una estudiante polaca, un vendedor de autos, Bakary Sangaré de la Comedia Francesa y sus números musicales, etc. Un filme interesante con algunos tiempos muertos, pero que pone a los personajes, constantemente, en la búsqueda de una calidez que no encuentran.


El Ilusionista (2010) de Sylvain Chomet
Jacques Tati escribió en 1959 un guión junto a Henri Marquet, su colaborador en Las Vacaciones del Sr. Hulot. Tati no quedó conforme con este trabajo al que consideró oscuro y lúgubre. Guardó el guión ya que no lo encontraba filmable, por lo menos por él mismo, y se dedicó a otras cosas. Chomet lo recupera 51 años después y lo presenta en esta exquisita obra de animación.

Existe una leyenda negra sobre Tati que dice que en su viaje a Escocia tuvo una hija no reconocida, que aún vive en ese lugar. Quizás teniendo en cuenta este hecho, quizás no, la historia nos relata la relación que se establece entre un mago, el ilusionista de marras, y una niña escocesa, sin palabras, solamente con amor y melancolía. Una relación paternal que recuerda a la que entablan Calvero (Charles Chaplin) y Thereza (Claire Bloom) en Candilejas, de 1952. Como Calvero, el mago es un artista de variedades que no encuentra su lugar en el mundo y se topan ambos con personajes femeninos jóvenes para acompañarlos quien sabe dónde.

Como ocurre con el filme de Chaplin, el de Chomet derrama melancolía en cada fotograma. Una melancolía ya presente en su obra anterior (Las Trillizas de Belleville), pero que ahora lleva un paso más allá. Se ha destacado que ésta es una obra pesimista por la reflexión que se desprende de su visionado: cuando no hay espectadores, la magia y el arte están muertos, dejan de existir. Son solo trucos creados por hombres. Real, por eso Calvero moría al final del filme pero quedaba abierta la ventana para Thereza.

Aquí no, en Chomet no hay esperanza y el final de una era -la del ilusionismo-, se ve, se siente y se huele. En un cine entra el personaje animado y ve a Tati en una imagen de Mi Tío, ambos se encuentran en la obra de Chomet y de esa forma ingresan al panteón cinéfilo por excelencia, el mundo de la cita. Una nueva sonrisa melancólica con gusto a pérdida puede dibujarse en el rostro de los espectadores. Ese gusto a pérdida es el que deja toda la película a lo largo de sus intensos 80 minutos.


Essential Killing (2010) de Jerzy Skolimowski
“Me siento muy honrado por este premio y agradezco mucho al jurado por reconocer nuestro arduo trabajo de haber filmado en bajísimas temperaturas”, señaló Skolimowski al recibir el galardón de manos del presidente del jurado oficial, el español Román Gubern, quien destacó “la actualidad y el vigor político” del filme.

“Sin dudas que fue el filme más difícil que he hecho en mi carrera. El rodaje fue muy arduo y crudo porque debíamos filmar con muy bajas temperaturas, en medio de la nieve. Por suerte, como ya lo había hecho antes en otro rodaje, Gallo decía que estaba acostumbrado a caminar descalzo por la nieve”, había afirmado el cineasta polaco.

Adentrarse de esta forma en el filme de un director ya clásico (su primer largo es de 1961, Boks) es quizás para citar palabra por palabra al realizador, quien es el que vale en este caso. La película muestra a un combatiente (supuestamente) talibán que es atrapado, torturado y llevado ilegalmente a Europa por la CIA. En el trayecto logra escapar. Ahí comienza su odisea: debe correr todo tipo de riesgos, las inclemencias climáticas, el hambre, la posible hostilidad de quienes pueda encontrar, etc.

Vincent Gallo compone este personaje sin palabras, con gestos escurridizos, mirada de temor, angustia, desconocimiento del medio. Justificado también el “Astor de Plata” al Mejor Actor del Festival. Como un animal herido, el hombre, en extremas condiciones, solo se defiende cueste lo que cueste. Llega a matar (por miedo o desesperación) o amamantarse de una nodriza. Un filme que encuentra su justificación en un tema no cerrado, como la historia. Y aunque ya sabemos lo que pasará finalmente con el personaje, no sabemos cuándo… o cuándo fue.