miércoles, 30 de junio de 2010

Críticas

Algunos meses atrás hicimos una convocatoria invitando a nuestros lectores a enviarnos críticas de películas de estreno. Les mostramos algunas de ellas y reiteramos nuestro interés de seguir promocionando nuevas plumas. Los interesados pueden escribirnos a revista.godard@gmail.com

El Libro de los Secretos



Un hombre camina, con extraña determinación, hacia el oeste. Nos encontramos en medio de un futuro ciertamente post apocalíptico, donde la vida se abre camino a duras penas. El personaje, de nombre Eli (Denzel Washington), lleva consigo un libro que podría significar una esperanza para la decadente raza humana. Sin embargo, éste le será disputado por el personaje de Carnegie (Gary Oldman), quien lo desea para expandir sus dominios. Lo peculiar radica en que el mencionado libro tiene claras implicancias religiosas que se irán develando. Este es el argumento de El Libro de los Secretos, cinta de aventuras y ciencia ficción, de los hermanos Albert y Allen Hughes. El filme mezcla diferentes elementos estéticos y temáticos, pero sin conseguir resultados del todo satisfactorios.

Los hermanos Hughes plantean un futuro donde las guerras del hombre han terminado por destruir la capa de ozono, lo que significa que el inclemente sol dificulta las condiciones de vida y la proliferación de terrenos fértiles. De esta manera, el desierto se convierte en un paisaje común en el filme, las tonalidades de la arena y la polución se asientan en la paleta de colores. A partir de aquí se construye la idea del héroe solitario en medio del paraje agreste, al cual se agregarán tópicos como el de las pandillas de bandidos o el del pueblito polvoriento. El Libro de los Secretos se alimenta del imaginario del western. Ahora bien, vale decir que a nivel estético no se encuentran influencias de ese tipo de películas.

Y es que podemos notar referentes más recientes en este trabajo de los Hughes. Encontramos algunos momentos que recuerdan a películas como Matrix o Mad Max, pero lamentablemente estas influencias no son asimiladas. Sucede que la cinta da la impresión de ser un pequeño compilado de los tratamientos visuales de aquellos filmes. Acá radica uno de los problemas de El Libro de los Secretos, que solo se limita al empleo efectista de estas estéticas. No hay mayor inventiva, solo repetición. Sí hay, en cambio y para mal, un pretendido esteticismo cool.

Más interesante resulta el tema que se desarrolla al interior del filme, aunque no sea resuelto de la forma más adecuada. El personaje interpretado por Gary Oldman ve en el libro y en su contenido religioso un instrumento de dominación, que agrupa a los hombres bajo un poder. Es la religión vista en su lado oscuro. Así, se propone una temática rica en diferentes matices, pero que no es explotada adecuadamente por los realizadores. Tal vez, por un guión con inconsistencias. La cinta termina naufragando y no llega a cuajar en ninguno de sus aspectos, ni estéticos ni temáticos. Se queda en el pastiche de ciencia ficción.

Italo Corvetto Schenone


Querido John


Había una vez, en una playa de Carolina del Norte, un muelle dentro de un atardecer, un joven llamado John Tyree (Channing Tatum) y una generosa jovencita llamada Savannah Curtis (Amanda Seyfried). John, desde el muelle, está mirando el mar cuando, de repente, el destino los unirá: el bolso de Savannah ha caído al agua, y John, fuerte, valiente y soldado, rescatará aquel objeto que, según Savannah, contiene su vida. Entonces, ella le dará las gracias, empezará la amistad (o, mejor dicho, el coqueteo), y luego vendrá el romance y la pronta separación.

Lasse Hallström nos cuenta una historia de amor entre un soldado y una joven estudiante, una relación a distancia (ya que él tiene que terminar todavía un año de servicio en el ejército) que se desarrolla en base a cartas. Los acontecimientos del once de setiembre, sin embargo, harán que John tenga que elegir entre volver a casa y quedarse con la mujer que ama o permanecer dos años más sirviendo en el ejercito.

Esta película, basada en la novela de Nicholas Sparks, ha destronado en los EE.UU. a Avatar de James Cameron. Sin mucha acción ni empalagoso sentimentalismo, la historia se torna interesante con la presencia del padre de John, Mr. Tyree (Richard Jenkins), quien se muestra distante y silencioso, abandonado y autista; logrando romper por momentos con la linealidad de la película. Y aunque la narración del film empieza desde un hecho ocurrido en un tiempo en presente de la historia (cuando John es herido), y es contada desde ese hecho hacia atrás, no hay realmente un punto álgido o un factor sorpresa cuando nos damos cuenta de que se ha llegado a la parte donde inicia la película. Por otro lado, es interesante el tema de las cartas, ya que le da un toque de romanticismo en sí. En la historia se explica indirectamente esto: John, como miembro del ejército, es destacado a lugares donde a veces las vías de comunicación son escasas.

Querido John es una historia simple con un final que no necesariamente complace a un espectador que quiere ver una historia romántica con un happy ending. Si bien su nostálgica mirada, su aire juvenil, la playa, el muelle, el atardecer, o la valiosa colección de monedas de Mr. Tyree no hacen de esta película una genialidad, por momentos cumple y logra entretenernos.

Jacqueline Reyes

Me Enamoré en París


El film de Christophe Barratier, el mismo director de Los Coristas, nos transporta a 1936, época de tensiones sociopolíticas de una clase obrera que lucha por sus derechos en medio de protestas sindicalistas. Nos situamos en Faubourg, barrio parisino habitado por huelguistas proletarios, donde se encuentra el Chansonia, teatro music-hall. El Chansonia es súbitamente “tomado” y cerrado por Galapiat (Bernard - Pierre Donnadieu), quien representa al fascismo; pero los ex trabajadores del teatro, liderados por Pigoil (Gérard Jugnot), Jacky Jacquet (Kad Merad) y Milou (Clovis Cornillac) –tres amigos de tablas–, deciden resucitarlo contra viento y marea.

Las claves de fotografía e iluminación claro obscuras, las texturas cenizas, ligeramente sepias, y una excelente banda sonora que emana constantemente una fragancia romántica del teatro y de las calles de Faubourg nos hacen testigos del esfuerzo de Pigoil por salir adelante, un personaje con vaivenes y depresiones que representa a un padre cuya familia ha sido fragmentada, pero que apuesta el cien por ciento de su historia de vida por la dirección del teatro.

Un guión que, sin ser ambicioso para el contexto sociopolítico, narra en forma simple y amena las historias que se cuentan detrás del telón del Chansonia. Romance, drama y comedia se combinan para matizar una atmósfera con un cierto tinte depresivo, y que al mismo tiempo busca constantemente iluminarse de color, amistad, amor, dulzura, y brillo. Por ello, el personaje delicado, y a la vez valiente, de Douce (Nora Arnezeder), la joven cantante, atracción principal del show, es la pieza clave que desata los éxitos y fracasos del proyecto, y además las pasiones desenfrenadas del maduro Galapiat, quien lucha hasta el cansancio por ella contra el revolucionario Milou, personaje belicoso que representa al proletariado vigilante ante cualquier amenaza fascista.

Milou, Pigoil, Jacky y Galapiat, desde su propia caracterización, aportan constantemente a la historia. Los tres primeros personajes se complementan entre sí en medio de la atmósfera de tensión social; es decir, su amistad se fortalece a pesar de las circunstancias adversas y sacan adelante su proyecto de vida: el Chansonia; mientras que Galapiat, con todas sus artimañas y cambalaches para desbaratar los planes de los tres amigos, es el incentivo para que ellos se aferren aun más a sus sueños.

Milagros Neyra


Los Puentes de San Luis Rey


Cinco personas mueren, al caer un puente, en el Perú colonial del siglo XVIII. Juniper (Gabriel Byrne), monje franciscano, inicia una investigación sobre las víctimas, para responder una pregunta que también es signo de aquellos tiempos –en los que una modernidad tardía hacía su tímido ingreso a las Américas–: ¿voluntad divina, o azar?

Esta es la premisa sobre la que descansa Los Puentes de San Luis Rey (2005), dirigida por Mary McGuckian, con guión adaptado de la novela, del mismo título, del premio Pulitzer Thornton Wilder. La respuesta del monje parte de una serie de hechos biográficos que se superponen, se dislocan, se entrecruzan y acaban –fatalmente– en un destino común. Estamos ante personajes “históricos” que ayudaron a construir cotilleo limeño que se extiende hasta los días de hoy, como el Virrey Manuel Amat y Juniet (F. Abraham Murray) y su Michaela Villegas y Hurtado “La Perricholi” (Pilar López de Ayala); personajes mayormente “funcionales” que ayudan a consolidar el universo social propio de un territorio tan pintoresco como sus camélidos: la adinerada, atormentada y culposa Marquesa (Kathy Bates), el empresario de espectáculos Tío Pío (Harvey Keitel) y los hermanos Polish, par de interesantes freaks de perfil más bien posmoderno. Lamentablemente, se abre un espacio demasiado dilatado entre la presentación de estas vidas “paralelas”, y la pregunta planteada por el protagonista, vacío que no logra colmar ni el reparto estelar, ni la evolución de la investigación.

Aunque Juniper no lo exprese manifiestamente –no es capaz de sostener, con firmeza, una declaración categórica–, su respuesta es profundamente materialista, ya que apela a la “historia”, la de los individuos, no la de las estructuras sociales o políticas (¿por qué el franciscano no habrá preguntado por el mantenimiento del puente a cargo de algún poder estatal de la época?). Así lo entienden el Arzobispo (Robert de Niro), como el Virrey –por lo que al monje no le esperará la mejor de las suertes una vez terminado el juicio donde expone sus teorías.

En el filme de McGuckian, la especulación, pretendidamente metafísica, sobre la causa de los hechos, naufraga en una presentación, más bien contemporánea, de historias mínimas, sin lograr, con ello, dar una idea cabal de esa modernidad en proceso de aparición. Cinta errática, con actuaciones de oficio y ambientación de época pretendidamente acuciosa, Los Puentes de San Luis Rey no solo falla en su estructura, sino también en la intención de reflexionar sobre una pregunta que introduce a una nueva era.

Luis Dávalos

Caso 39


¿Qué tipo de emoción es esa que se abre, y a la vez encuentra su pasado? ¿Aquella que juega con alucinaciones e ilusiones? ¿Aquella que juega con nuestra conciencia interna y externa y sólo da una opción para no perderse o simplemente encontrarse?


Chistian Alvart, en Caso 39, muestra personajes alrededor de una historia cuyo parecido con la realidad no es solo coincidencia. Intriga, suspenso y, finalmente, terror son el contrapunto perfecto para un guión que va mostrando contextos disfuncionales hasta llegar a lo terrorífico. Alvart persigue a sus personajes a través de la cámara agregando tensión y capturando a un espectador que trata de entender qué es lo tenebroso. Y lo hace con Emily Jenkins (Renée Zellweger), quien trabaja para el servicio social del gobierno y está acostumbrada a lidiar con familias disfuncionales y abusos infantiles. Al recibir el caso 39, en el cual, aparentemente, una niña de 10 años llamada Lilith Sullivan (Jodelle Ferland) es maltratada por sus padres, Jenkins, intuitivamente, sigue el caso confirmando uno de sus miedos más profundos. Emily es un personaje que desea hacer lo correcto y que sabe llegar a la niña, como en la escena en la que la hace reír al tomarse equivocadamente el agua del bebedero. Pero pronto comprenderá que aquella niña ansiosa y temerosa no es el efecto de aquel entorno, sino la causa. Muertes desconcertantes y aparentes suicidios rodean a la pequeña, y es cuando parece que el terror puede ser ficción y realidad. Lilith tiene el poder de hacer que los miedos maten.

Caso 39 es una película que se deja ver, a pesar de que muestra algunas similitudes con otros del mismo género, como el hecho de que la mayoría de las víctimas mueran sentenciadas por una llamada telefónica, o que el mal sea representado por una niña. Sin embargo, nos libra de escenas demasiado sangrientas, de mujeres asesinadas tras momentos eróticos, de monstruos o psicópatas que nunca llegan a matar a la dulce protagonista. Lo que le importa a Alvart es presentar el miedo como un personaje y no como el resultado de alguna acción. Entonces, ¿cuál es el antídoto que tiene Emily para sobrevivir?, ¿qué tipo de emoción es esa que se abre y a la vez encuentra su pasado? Tal vez solo sea aquella que finalmente nos libera.

Jacqueline Reyes

* Lea más críticas de estrenos en la edición N° 24 de godard!